Yo tenía 35 años cuando nos lo quitaron todo con una sonrisa. Mis dos hijos, una esposa que aún me miraba con respeto, mi granja seca a las afueras de Ciudad del Cabo que me gané arando, sudando y callando. No era rica, pero era mía. Como mi país, o eso creía....
Primero fueron a por los papeles. Luego las grandes empresas, daba igual que fueran públicas o privadas, las querían, se las dimos, luego vieron que las escuelas eran incómodas, se las dimos y se las dimos y dimos y dimos...
Finalmente solo, les quedaba el campo, pero este reclama sudor en la frente, por eso no gustaron labrar, solo desean ordeñar a la vaca blanca y reescribir lo que eres.
Y yo, fui imbécil, lo permití. Cerré la boca. Contrate mano de obra barata. Esos jóvenes, fuertes, con hambre. Al principio callaban, trabajaban, sudaban conmigo. Luego cambiaron de mirada y empezaron a caminar distinto. Ya no venían solos, no venían por trabajo, venían con discursos y exigencias permanentes.
Ahí supe que ya estaba todo perdido.
No va a venir nadie. No habrá justicia. No hay orden al que volver.
El continente se rompió y no hizo ruido. El colapso no fue una explosión: fue una marea. Una que entró en casa mientras dormías confiado. Porque Mohamed Mandela no existe. Ningún mesías. Ninguna reconciliación mágica. Solo cenizas, y hombres como yo, con la frente sudada y la escopeta lista. No por rabia. Por instinto.
Porque esto no se arregla. Solo se sobrevive.
Porque a nadie le importa que estés desapareciendo.
pero ...

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