Cuando Babel nombra tus hijos
En el principio, dar nombre a algo es un acto de dominio y de destino. Adam nombró a los animales y, al hacerlo, definió su función en la creación. Hashem cambió el nombre de Abram a Abraham, de Sarai a Sarah, para sellarles un pacto y un propósito nuevo. Un nombre no es un adorno: es una llave que abre o cierra caminos en el alma.
Babel lo entendió mucho antes que muchos pueblos.... Cuando las naciones se dispersaron, no destruyeron solo ciudades: se llevaron el idioma como arma. Cambiando el nombre de un pueblo es arrancarle la raíz propia y plantar otra en su lugar.
Hoy, esta Babel moderna no levanta torres de ladrillo: levanta torres de lenguaje deformado, inclusivo lo llaman. Nombres que pierden su significado original, sustituidos por sonidos de moda. Apellidos truncados, “occidentalizados” o “globalizados” para encajar en un mercado. Hijos que crecen con etiquetas en lugar de identidades: consumidores antes que herederos.
En nuestro caso particular, conservar el nombre y lengua es clave para vincularnos con nuestro propósito Tikum como pueblo, ya que cada vez que aceptas que te nombren según la lengua de otro imperio, entregas un pedazo de tu herencia a este gratuitamente. Es como si Jacob hubiera criado a sus hijos con nombres egipcios y, al salir de allí, no recordaba quién era Reubén o Yehudá, aun siendo carne de su carne. Justamente esto, es uno de los mayores problemas que tienen los Israelitas con nombres poco hebreos.
Un pueblo que olvida su nombre no necesita ser conquistado: ya se ha rendido.
Los colonizadores modernos saben que cambiar el nombre cambia la visión. No necesitas prohibir la Torá si logras que cada generación la lea con palabras torcidas, despojadas de su peso original. No necesitas una espada si puedes lograr que un niño se sienta extraño pronunciando el nombre de su propio abuelo, personalmente yo lo he visto esto mucho, cuantos nombres impronunciables hay para los nietos, cuando los hay!
Pero hay un retorno posible. Recuperar el nombre es restaurar la función del alma. Llamar a un hijo con nombre de pacto es inscribirlo en libro de la vida de Israel. Pronunciar el propio nombre en la lengua de nuestros padres es decirle a Babel: “No tomarás posesión de nuestra herencia”.
La Torá nos muestra que al final, en la redención, Hashem llamará a Su pueblo por su verdadero nombre, y nadie más podrá rebautizarlo.
Ese será el día en que Babel caerá, no porque se derrumbe su torre, sino porque se habrá roto su poder de nombrar aquello que Hashem nombró con los labios de sus padres!
Amen

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